Estimado lector, el día de hoy traemos una crónica del 24 de abril de 2001; un reportaje sobre migración y sus peligros fue merecedor de dos premios nacionales de periodismo, uno para el reportero Marcos Rodriguez Leija y otro para el periódico El Mañana.
Hoy, a 24 años de aquella publicación, cobra relevancia este tema en un contexto antiinmigrante de parte del gobierno de Estados Unidos, encabezado por Donald Trump, que tiene en vilo a millones de migrantes en EU.
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Un paso en falso y Fredy Guillermo Valle Anaya cayó del tren en el que viajaba como polizón. Pretendía cruzar hacia Estados Unidos ilegalmente.
Anhelaba encontrar allá una mejor forma de vida a la que tuvo en Honduras, el lugar donde nació. Pero una mala pisada detuvo su odisea hacia el extranjero y su objetivo se quedó en eso, en un anhelo.
Hoy, su familia nada sabe de él, quien sobre la cama 12 del Hospital General, llora desesperado por la tragedia que le sucedió, porque ahora menos puede trabajar para sacar adelante a su esposa y a sus hijos, a quienes dejó con un ademán en el aire y una lágrima en el rostro.
El cuerpo de Fredy cayó cruzado sobre las vías del ferrocarril. El duro golpe de espaldas contra el suelo y el cansancio de viajar de pie, afianzado a las escalerillas de un furgón, no le permitió reaccionar con rapidez. Las ruedas metálicas de los vagones de 100 toneladas pasaron sobre sus piernas, mutilándoselas desde los muslos.
Fredy terminó por desmayarse, además del dolor, por viajar tres días desde el Distrito Federal a la frontera con tan sólo una manzana en el estómago. Antes de perder el conocimiento, su grito de tormento fue escuchado por el maquinista.
El tren se había detenido. Segundos después del incidente, la carga llegaba a su destino. Pero a Fredy, a sus 24 años, el futuro que había soñado para su familia, en ese instante, se le desvaneció en las manos.
HONDURAS/ UNA LLAMADA TENTADORA
Después de su jornada en la albañilería, José Ismael González recibió una llamada telefónica de un paisano que después de una odisea de aproximadamente 4 mil kilómetros, por fin había logrado pisar Estados Unidos, donde también trabajaba en la obra al igual que cuando vivió en Honduras; la diferencia es que ahora ganaba buen dinero.
A Ismael no le atrajo mucho la oferta de su antiguo compañero de trabajo. Le ofreció cruzarlo a la Unión Americana una vez que llegara a la frontera, pues sólo así se acabarían sus problemas económicos y su familia dejaría de batallar.
Pero no era fácil, pues primero tenía que cruzar el límite de México con Guatemala para después emprender un camino desconocido hasta el borde mexicano con Estados Unidos, donde el ilegal le aseguró que lo esperaría y de ahí la cosa sería sencilla.
Nada fácil le pareció al proletario hondureño atravesar alrededor de 10 días en tren carguero un país extraño. De su propia boca, aquella propuesta llegó a oídos de su hermano Jeovani González y después decidió comentarle a su cuñado Fredy Guillermo Valle Amaya, quien a veces trabajaba en alguna maquiladora, y cuando no, se dedicaba a la albañilería, al igual que sus diez hermanos.
Novecientos pesos no eran suficientes para sostener a su familia. La impotencia de llevarse la mano al bolsillo sin encontrar una moneda para darle de comer a sus pequeños hijos, lo hizo meditar la propuesta de su pariente político.
- Él te puede pasar, -le dijo-. Sólo tienes que llegar a la frontera de México. A Nuevo Laredo. Fredy lo meditó con su esposa muchas noches. Pasada una semana del ofrecimiento, decidió partir.
CHIAPAS/ EL ROBO POLICIACO
El 20 de marzo por la mañana, sin más nada que la ropa que llevaba puesta, Fredy se despidió de su esposa Maugdaly Medina Pérez, una mujer de 25 años a quien dejó triste y abrazada a su hija Rixie, de 4 años; y de Brayan, su hijo más pequeño, de apenas 3 años.
Aquel hombre joven, de piel curtida por el sol y descendiente de campesinos, decidió lanzarse a la aventura en compañía de Jeovani González y de su hermano Luis Natanael Valle Amaya, de 18 años.
Los tres emprendieron el viaje en autobús de Honduras a Guatemala con unos cuantos pesos y la esperanza de encontrar un trabajo distinto al que hacían; buscaban cualquier empleo donde el sudor y el esfuerzo de más de ocho horas les fuera bien remunerado.
Pero al pisar el territorio mexicano, algunos los miraron extraño, otros con miedo, pero también hubo gente amable que les ofreció un poco de comida, e incluso, los puso sobre aviso: - Tengan cuidado, porque en el camino hay muchos a los que matan.
Aquel consejo no tardó en meterle el miedo en la cabeza a Jeovani, quien de Ciudad Hidalgo, Chiapas, abandonó la odisea para regresar a su país natal.
Fredy y su hermano intentaron proseguir, pero la policía del pueblo los detuvo al descubrir que provenían de Honduras con la intención de llegar a la frontera norte de México. Los interrogaron y les hicieron un registro corporal.
Esa fue la primera vez que estuvieron a punto de ser deportados, pero los policías no lo hicieron a cambio de todo el dinero que traían consigo.
GUATEMALA /UNO, DOS, TRES INTENTOS
Después de ser liberados, Natanael tomó la misma determinación que el hermano de su cuñado y Fredy quedó solo en la aventura.
De aquella ciudad chiapaneca con alrededor de 250 mil habitantes, con la mujer y los hijos en el pensamiento, el joven padre retomó la ruta hacia su sueño: trabajar, trabajar, trabajar.
Y la desesperación por ver a sus hijos superarse como él no pudo, lo armó de valor, de un valor que no pierde aun sin piernas.
Seis días pasaron desde que dejó de ver a su hermano. Fredy logró llegar a Orizaba, Veracruz, pero la mala suerte lo puso ante las autoridades policiacas otra vez y lo devolvieron a Centroamérica.
De Talismán, Guatemala, volvió a intentarlo por segunda ocasión. Llegó a terreno conocido, en Tapachula subió de nueva cuenta a un tren carguero y pasó por Tonalá, Arriaga, Orizaba y Córdova, lugar donde volvió a ser deportado. Hizo un tercer intento. Y afianzado del pasamanos de un furgón llegó de Tapachula al Distrito Federal. Fue un trayecto que duró seis días aproximadamente.
Se sintió más tranquilo. Había llegado a la mitad del camino.
NUEVO LAREDO/ EL FUTURO SE DETIENE
En el tercer intento no hubo policías corruptos ni deportaciones ni asaltantes. Pero sí hubo hambre.
De México a Nuevo Laredo, el hondureño hizo tres días camino sin más que una manzana que le dio el conductor del tren, al descubrirlo la única vez que se detuvo en su trayecto a la frontera norte. Pero el 18 de abril, cuando el convoy se estacionaba a la altura de la calle Héroe de Nacataz, la debilidad lo hizo perder la fuerza y Fredy se soltó de la escalerilla.
El tren ya casi se paraba. Era cuestión de segundos.
“El tren ya estaba casi parado, pero cuando acordé, me caí y sólo sentí que me voló las piernas. El tren ya casi estaba parado…”. Sobre la cama número 12 del Hospital General de Nuevo Laredo, con lágrimas en los ojos, Fredy aún se aferra a su sueño: “Yo quiero trabajar para sacar de pobre a mi familia. Eso es lo que más me pesa. Yo vivía de puro milagro, era un trabajador, luchaba todos los días para que prosperara mi familia”.
A los 14 años falleció su padre, Guillermo Valle, un campesino que dejó viuda a su esposa María de los Ángeles Amaya con 10 hijos a cuestas.
“Aún trabaja duro limpiando casas”, dice Fredy, quien desde niño tuvo la necesidad de trabajar.
Su meta era llegar a Long Beach, California, donde reside su abuela Natividad Amaya y su tía Ignacia, pero perdió la dirección en el camino. A la persona que iba a esperar en la frontera de Nuevo Laredo para llevarlo a Estados Unidos, ni siquiera la conocía. Tampoco sabe si su hermano sigue vivo.
Hasta ahora, las autoridades migratorias no lo han visitado ni le han brindado ningún apoyo. Pero él, aun en su condición, insiste.
“Si hubiera la oportunidad de encontrar trabajo en Estados Unidos sin piernas; si no, quisiera que ayudaran a traer a mi familia para acá. Lo que quiero es trabajar, eso es lo único que quiero”. La preocupación de Fredy es sólo una: si en Honduras, joven, fuerte, con ambas piernas le era imposible sostener a su familia; ahora sin las extremidades que sostenían su cuerpo, qué puede esperarle en su país, del que salió cargando a cuestas la miseria, el hambre protestando en su estómago, un bolsillo vacío y roto, y un futuro mutilado que ahora el destino desvanece.
FREDY NECESITA AYUDA
Sin ropa con la cual protegerse ni dinero, sin un familiar cercano en quien soporte su tragedia, Fredy Guillermo Valle Anaya, de 24 años, convalece en la cama 12 de Hospital General de Nuevo Laredo.
De acuerdo con Sandra Aguiar, trabajadora social, ha intentado comunicarse vía telefónica con sus familiares en Honduras, pero no han podido establecer contacto alguno.
En la incertidumbre, pues las autoridades migratorias aún no han aparecido ante Fredy para brindarle algún apoyo, el joven pide ayuda.
“Quiero ver si me dejan traer a mi familia para acá, porque en mi país la moneda está muy devaluada y no hay trabajo”.
Aun sin sus extremidades, el hondureño se aferra a conseguir empleo aquí o de ser posible, en Long Beach, California (Estados Unidos), donde residen su abuela materna y su tía.
Hasta el momento, el Hospital General apoya al paciente en trámites para conseguirle una silla de ruedas y ante Gobernación, para ver si es factible traer desde Honduras a su esposa y a sus hijos mientras se recupera de la operación y el tratamiento médico.
“En estos casos es necesario un soporte moral de algún familiar cercano, porque el paciente puede caer en una depresión que podría llevarlo a la muerte. Una vez recuperado Fredy, el Hospital General buscará el apoyo de las autoridades federales para que el paciente pueda regresar a su lugar de origen. (Quienes deseen apoyar a Fredy con ropa o una silla de ruedas, pueden acudir ante los representantes del Hospital General y al Departamento de Trabajo Social).