En 1963 en la comunidad de Yerbabuena, municipio de Mainero en Tamaulipas, autoridades federales y estatales realizaron un operativo tras el hallazgo de rituales violentos vinculados a un culto encabezado por Magdalena Solís, conocida posteriormente como “La Gran Sacerdotisa de la Sangre”, luego de que se reportaran sacrificios humanos dentro de una secta que operaba en la zona desde años anteriores.
El caso surgió en una pequeña comunidad rural que, durante la década de los sesenta, vivía aislada y con acceso limitado a servicios básicos, en ese contexto, un grupo encabezado por los hermanos Santos y Cayetano Hernández comenzó a establecer un sistema de control sobre los habitantes, el cual derivó con el tiempo en un culto donde la manipulación religiosa y la violencia marcaron la vida del poblado.
Yerbabuena en Tamaulipas el pueblo donde comenzó el culto
Durante los años sesenta, Yerbabuena era una comunidad pequeña con cerca de cincuenta habitantes dedicada principalmente a la agricultura de subsistencia, los registros judiciales describen un lugar aislado sin carreteras pavimentadas y con recursos limitados, por lo que la vida cotidiana dependía de cultivos básicos como maíz y frijol.
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En ese escenario llegaron los hermanos Santos y Cayetano Hernández, quienes comenzaron a presentarse ante los pobladores como figuras divinas reencarnadas, en sus discursos aseguraban que existían tesoros ocultos en las montañas cercanas y prometían compartir esa riqueza con los habitantes si seguían sus instrucciones.
La propuesta incluía tributos económicos, obediencia absoluta y favores personales, con el paso del tiempo, estas exigencias derivaron en una estructura de control dentro de la comunidad.
Magdalena Solís la mujer que fue proclamada sacerdotisa
En 1963, los líderes del culto incorporaron a Magdalena Solís y a su hermano Eleazar, quienes residían en Monterrey y provenían de un entorno de pobreza extrema, frente a los pobladores, los hermanos Hernández anunciaron que Magdalena era la encarnación de Cuatlicue, una deidad asociada con la vida y la muerte en la tradición mexica.
Tras esa proclamación, Magdalena asumió un papel central dentro del grupo, desde entonces comenzó a ser conocida como La Gran Sacerdotisa de la Sangre, y el culto adoptó rituales cada vez más violentos que buscaban reforzar la creencia de que la comunidad estaba protegida por fuerzas sobrenaturales.
Rituales del culto de Magdalena Solís y sacrificios humanos
Crónicas y expedientes judiciales de la época describen ceremonias en las que se realizaban rituales con humo de copal mezclado con cannabis, además de sacrificios de animales que precedían a actos más violentos.
De acuerdo con los testimonios recopilados, las víctimas humanas eran golpeadas y posteriormente desangradas durante los rituales, la sangre se recogía en recipientes que luego se compartían entre los participantes del culto, quienes creían que ese acto tenía propiedades sobrenaturales relacionadas con protección y poder.
Este tipo de prácticas se mantuvo dentro del grupo durante un periodo en el que el control de los líderes sobre la comunidad era prácticamente absoluto.
El adolescente que reveló lo que ocurría en las cuevas
El culto comenzó a desmoronarse cuando Sebastián Guerrero, un adolescente de 14 años, presenció uno de los rituales dentro de una cueva cercana al poblado.
Tras observar la escena, el joven recorrió más de 24 kilómetros hasta Villagrán para informar a las autoridades sobre lo que ocurría en Yerbabuena, el reporte provocó que policías y soldados organizaran un operativo para intervenir en la zona.
El 31 de mayo de 1963, fuerzas de seguridad ingresaron al área donde operaba la secta y durante el enfrentamiento murió Cayetano Hernández, mientras que Santos Hernández falleció a manos de uno de los seguidores del grupo.
Magdalena Solís y su hermano Eleazar fueron detenidos en una finca donde también se encontraron drogas y objetos utilizados en rituales.
¿Qué pasó con los detenidos del culto en Yerbabuena, Tamaulipas?
Tras el operativo, las autoridades localizaron los cuerpos mutilados de Sebastián Guerrero y del oficial Luis Martínez, además de restos humanos pertenecientes a otras víctimas en las cuevas utilizadas por el grupo.
Los sobrevivientes del grupo fueron detenidos y procesados judicialmente, la mayoría recibió condenas de hasta 30 años de prisión, mientras que Magdalena Solís fue sentenciada a 50 años.
Con el paso del tiempo, el caso se convirtió en uno de los episodios criminales más recordados relacionados con cultos en México, además de dejar una marca permanente en la historia de la comunidad de Yerbabuena.
