En el desierto solar de Qinghai, al norte de la meseta tibetana, un proyecto de energía renovable ha comenzado a cambiar lo que durante décadas fue un paisaje dominado por erosión extrema.
La instalación, considerada la más extensa del planeta, no solo produce electricidad limpia a gran escala, sino que ha impulsado un proceso gradual de recuperación natural del suelo, algo poco común en regiones áridas.
China buscaba energía y las celdas solares
El complejo ocupa una superficie cercana a los 610 kilómetros cuadrados y alberga alrededor de siete millones de celdas solares distribuidas de forma estratégica.
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Su capacidad permite abastecer de electricidad a unos cinco millones de viviendas, reduciendo de manera significativa el uso de combustibles fósiles. Desde una perspectiva energética, el impacto es mayúsculo; desde el punto de vista ambiental, comienza a ser transformador.
Las estructuras fotovoltaicas generan sombra constante, lo que disminuye la pérdida de humedad del terreno. Además, funcionan como cortavientos, limitando el arrastre de partículas y estabilizando el suelo.
Gracias a estas condiciones, hierbas y plantas han empezado a brotar, dando forma a un incipiente edén de vegetación en un entorno que antes parecía condenado a la esterilidad.
Ovejas entran a regular la vegetación
El crecimiento vegetal trajo consigo un nuevo desafío: el mantenimiento. Para resolverlo, se integró a comunidades locales mediante el pastoreo de ovejas entre las filas de paneles. Los animales controlan la altura de las plantas sin necesidad de maquinaria, mientras fertilizan el suelo de forma natural.
Este modelo mixto ha generado ingresos adicionales para los pastores y ha fortalecido el vínculo entre tecnología y economía rural.
El país ya superó sus metas de capacidad renovable previstas para 2030 y ha logrado, por primera vez en su historia, una reducción neta de emisiones contaminantes.
