Esta semana se ha celebrado la fiesta de los Reyes Magos, que solemos asociar a una rosca, champurrado y tamales, que marca el fin del puente “Guadalupe-Reyes”. En España se han realizado las tradicionales cabalgatas de los Reyes, un colorido desfile que ya es parte de la cultura en la península ibérica.
Pero, para los creyentes, reducir la fiesta de los magos a estos alimentos, sería quedarse con lo más superficial. Es bueno el festejo, pero quedarnos en ello es quedarse corto.
No podemos quedarnos con un evento que, en ocasiones, pareciera ser un cuento de reyes, magos, estrellas, los héroes que se enfrentan a su destino… pero, no nos quedemos en ello, sino en el mensaje, que es el objetivo de esta historia.
Todavía no sé lo que dirá el Papa León XIV sobre la muy querida fiesta de los Reyes Magos, por lo que tomaré lo que el año pasado, dijo el Papa Francisco con respecto a esta celebración: “Preguntémonos: ¿soy yo un signo de esperanza para los demás? Dios no se revela a círculos exclusivos o a unos pocos privilegiados, Dios ofrece su compañía y su guía a quien lo busca con corazón sincero. Es más, a menudo se anticipa a nuestras propias preguntas, y viene a buscarnos incluso antes de que se lo pidamos. Precisamente por esto, en el pesebre, representamos a los Magos con características que abarcan todas las edades y todas las razas —un joven, un adulto, un anciano, con los rasgos físicos de los diversos pueblos de la tierra—, para recordarnos que Dios busca a todos, siempre. Dios busca a todos, a todos”.
“Y cuánto bien nos hace hoy meditar sobre esto, en un tiempo donde las personas y las naciones, aunque dotadas de medios de comunicación cada vez más poderosos, parecen estar menos dispuestas a entenderse, aceptarse y encontrarse en su diversidad. La estrella, que en el cielo ofrece su luz a todos, nos recuerda que el Hijo de Dios vino al mundo para encontrarse con todo hombre y mujer de la tierra, sin importar la etnia, la lengua o el pueblo al que pertenezcan, y que a nosotros nos confía la misma misión universal. O sea que nos llama a poner fin a cualquier forma de preferencia, marginación o rechazo de las personas; y a promover entre nosotros y en los ambientes en que vivimos, una fuerte cultura de la acogida en la que los cerrojos del miedo y del rechazo sean reemplazados por los espacios abiertos del encuentro, de la integración y del compartir: lugares seguros, donde todos puedan encontrar calor y refugio.
“Por eso la estrella está en el cielo. No para permanecer lejana e inalcanzable, sino para que su luz sea visible a todos, para que llegue a cada casa y rompa todas las barreras, llevando esperanza hasta los rincones más remotos y olvidados del planeta. Está en el cielo para decir a todos, con su luz generosa, que Dios no se niega a nadie y no olvida a nadie. ¿Por qué? Porque es un Padre cuya alegría más grande es ver a sus hijos que vuelven a casa, unidos, de todas partes del mundo. Verlos tender puentes, allanar senderos, buscar a los perdidos y cargar sobre sus hombros a los que tienen dificultades para caminar. Para que nadie quede fuera y todos participen en la alegría de su casa.
“La estrella nos habla del sueño de Dios: que toda la humanidad, en la riqueza de sus diferencias, llegue a formar una sola familia y viva unida en la prosperidad y la paz. Y de aquí pasamos a la última característica de la estrella: que es la de indicar el camino. A la luz de la estrella nos invita a realizar un viaje interior que, como escribía Juan Pablo II, libere nuestro corazón de todo lo que no es caridad, para «encontrar plenamente a Cristo, confesando nuestra fe en él y recibiendo la abundancia de su misericordia.
“Caminar juntos ‘es un gesto típico de quienes buscan el sentido de la vida’. Y nosotros, contemplando la estrella, podemos renovar también nuestro compromiso de ser mujeres y hombres ‘del Camino’, como se definían los cristianos en los orígenes de la Iglesia.
“Que el Señor nos transforme así en luces que guíen a Él; como María, generosos en la entrega, abiertos en la acogida y humildes al caminar juntos; para que podamos encontrarlo, reconocerlo y adorarlo. Y de este modo, tras encontrarlo, poder recomenzar renovados, llevando al mundo la luz de su amor.”
Hasta aquí el mensaje del Papa, que nos invita a profundizar en nuestros objetivos, en la forma en que enfrentamos nuestras dificultades. Pero en ello, usted tiene la última palabra.
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