En las ciencias sociales y las humanidades han cobrado gran relevancia, en las últimas décadas, los estudios sobre los afectos y las emociones, fenómeno conocido también como el “boom emocional”. En el campo educativo, este enfoque vincula la pedagogía con los afectos y las emociones, con el propósito de estimular la autoestima y el bienestar integral de los estudiantes.
Las emociones y los afectos son elementos clave en la educación, ya que permiten visualizar los estados de ánimo por los que atraviesan los alumnos en determinados momentos, tales como:
•Vergüenza
•Miedo
•Aburrimiento
•Alegría o enojo
•Baja autoestima
•Distracción
•Indiferencia (“me da lo mismo”)
Estos estados emocionales pueden ser ocasionados por problemas económicos, familiares, de salud o por el contexto social en el que los estudiantes se desenvuelven. Por ello, los actores de la educación debemos estar atentos a este escenario, con el objetivo de redirigir la práctica pedagógica cuando sea necesario. En algunos momentos es fundamental detenernos para valorar las emociones y los afectos que manifiestan los alumnos y aprovechar de mejor manera su atención, utilizando actividades que, aunque salgan del contexto académico tradicional, sigan formando parte del proceso educativo.
La teoría del afecto es un campo multidisciplinario que analiza los afectos -emociones, estados de ánimo y sensaciones internas- como fuerzas primordiales que moldean la cognición, la convivencia y la experiencia humana. Por su parte, la teoría de las emociones explica cómo surgen y se experimentan las emociones. Desde esta perspectiva, la Dra. Nayeli señala que las emociones no son únicamente reacciones innatas; por el contrario, son construcciones dinámicas que emergen de la interacción de factores sociales, cognitivos y fisiológicos.
¿Por qué debemos ocuparnos de lo afectivo y emocional en la educación?
Porque es fundamental que los alumnos aprendan y desarrollen habilidades del pensamiento emocional para enfrentar de manera adecuada los retos académicos y personales. Esto implica que sepan identificar, comprender y regular las emociones que experimentan en diversas situaciones. Además, las emociones favorecen y fortalecen el aprendizaje, ya que estimulan la actividad de las redes neuronales.
La educación emocional proporciona herramientas para el cuidado de la salud mental, como el manejo de la ansiedad, el estrés y los conflictos. Asimismo, las emociones positivas fortalecen los procesos de memoria, atención, motivación, convivencia y creatividad. Incorporar la inteligencia emocional en la educación es esencial para preparar a los alumnos frente a los retos personales, educativos y profesionales que enfrentarán en el mercado laboral, además de contribuir a mejorar su rendimiento académico y fortalecer sus habilidades.
Eva Illouz señala que en la emoción se vinculan de manera inseparable “el afecto, la cognición, la motivación, la evaluación y el cuerpo” (2007, p. 15). En otras palabras, las emociones son conceptualizaciones encarnadas del afecto.
Desde su perspectiva como socióloga, la Dra. Nayeli Díaz plantea que las personas elaboran y gestionan sus emociones y sentimientos a partir de reglas socialmente construidas, relacionadas con lo que se considera correcto o incorrecto. En conclusión, la creación de vínculos afectivos en el aula proporciona bases sólidas para el proceso de enseñanza-aprendizaje y aporta beneficios significativos, tales como:
•Mejora la comunicación
•Fortalece la autoestima
•Genera confianza
•Promueve una educación integral
•Estimula la convivencia
•Impulsa la escucha activa
*Referencias
Illouz, E. (2007). Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Katz.
