Hoy quiero que platiquemos con calma, aunque el mundo nos empuje a vivir deprisa. Regalémonos unos minutos para pensar juntos en lo que está ocurriendo en nuestras escuelas, en nuestras aulas y, sobre todo, en nuestros estudiantes.
Vivimos en una época donde todo es inmediato. Las respuestas, los mensajes, las emociones, las distracciones. Un solo clic basta para entretenerse, informarse o evadirse. Y en medio de ese ritmo acelerado está la escuela, intentando encontrar su lugar en un mundo que parece no detenerse nunca.
Permítanme decirlo con claridad y con convicción: la escuela no nació para competir con la velocidad, nació para darle sentido a la vida.
Hoy entramos a los salones y vemos alumnos presentes físicamente, pero ausentes en la mirada. No siempre es desinterés; muchas veces es saturación. Escuchamos silencios que no son de respeto, sino de cansancio. Y no, no se trata de señalar a la tecnología como culpable. La tecnología no es el enemigo. El verdadero reto es educar en tiempos de prisa, cuando la educación necesita pausa.
Desde mi experiencia como directora, como docente y como mujer profundamente comprometida con la educación, me pregunto con frecuencia:
¿Qué estamos formando cuando todo debe ser rápido, inmediato y sin proceso?
El mundo digital ha enseñado a nuestros adolescentes que casi todo se obtiene al instante: respuestas rápidas, entretenimiento constante, reconocimiento inmediato. La escuela, en cambio, les habla de esfuerzo, constancia, error, paciencia. Dos lenguajes distintos que conviven -y a veces chocan- todos los días dentro del aula.
Ahí está el verdadero desafío
No podemos negar que las pantallas llegaron para quedarse. Pensar una escuela sin tecnología sería tan irreal como pensar una educación sin libros. Pero tampoco podemos permitir que la escuela pierda su esencia intentando parecerse a lo que no es. La escuela no debe entretener para existir; debe formar para trascender.
Educar hoy no es solo enseñar a usar plataformas o aplicaciones. Educar hoy implica enseñar a detenerse, a pensar, a sentir, a escuchar. Implica ayudar a nuestros estudiantes a comprender que no todo en la vida se resuelve con inmediatez, que hay procesos que requieren tiempo y experiencias que necesitan reflexión.
A los docentes quiero hablarles directamente:
Maestro, maestra, tu labor hoy es más valiosa que nunca. En un mundo que grita, tú enseñas a escuchar. En una sociedad acelerada, tú enseñas a esperar. No subestimes tu impacto porque una pantalla parezca más atractiva. Nada sustituye una mirada que comprende, una palabra que orienta y una presencia que acompaña.
A los directivos, con respeto y firmeza, les comparto esta reflexión: liderar hoy no es solo organizar o administrar, es sostener emocionalmente a la comunidad escolar. Es reconocer que el cansancio no siempre es flojera, que la apatía muchas veces es saturación y que la disciplina sin humanidad pierde su sentido formativo.
A las madres y padres de familia, con cercanía y honestidad: la escuela no puede sola. No podemos educar en pausa si en casa todo es prisa. No podemos pedir atención si el diálogo ha sido sustituido por la pantalla. Educar es una responsabilidad compartida y, hoy más que nunca, necesitamos caminar en la misma dirección.
Y a nuestros estudiantes, les debemos la verdad:
La escuela no es lenta porque esté equivocada; es lenta porque la vida requiere procesos. Porque aprender cansa, crecer incomoda y madurar toma tiempo. Y alguien tiene que enseñarles que no todo lo valioso es inmediato.
Educar en tiempos de prisa no significa correr más rápido. Significa enseñar a detenerse sin quedarse atrás. Significa formar seres humanos capaces de usar la tecnología sin depender de ella, de convivir sin pantallas, de pensar antes de reaccionar.
La escuela no compite con el mundo digital. La escuela lo complementa, lo cuestiona y lo humaniza.
Y esa es una tarea profundamente valiente.
Queridos lectores, la educación siempre ha sido un acto de resistencia. Resistencia a la indiferencia, al olvido y a la prisa. Hoy resistimos recordando que educar no es llenar de información, sino formar personas.
Que la escuela siga siendo ese espacio donde el tiempo se detiene lo suficiente para aprender a vivir.
Que no tengamos miedo de ir más despacio, si eso significa ir más profundo.
Porque al final, no educamos para el momento…
educamos para la vida.
Con cercanía y convicción,
Dra. Diana Angélica Alejandro Alemán
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