OPINIÓN

La autodemolición de la superpotencia

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La tensión entre las potencias del mundo se agudiza y con ella, la zozobra y el miedo por lo que podría representar en el contexto del letal poderío nuclear de las naciones y su capacidad destructiva causa una imagen siniestra de un futuro absolutamente incierto. El relativo silencio de China y Rusia frente a la creciente beligerancia norteamericana y el rompimiento flagrante del derecho internacional, no son una buena señal.

El imperio estadounidense en una sucesión de fallos geopolíticos y sus profundas contrariedades mantiene al mundo en un frágil equilibrio que si llegase a romperse como todos sabemos, no habría segundas oportunidades.

Propiciar, por un absurdo sentimiento antirruso una alianza inquebrantable entre la engañada y ofendida Rusia con una China súper industrializada y en un ascenso económico, fue sin duda la madre de todos los errores geopolíticos de Estados Unidos y para luego dar paso a una sucesión de nuevos fallos que siguen tensando y conduciendo al Imperio Norteamericano a lo que pareciera ser una carrera autodestructiva.

Después el apoyo a Israel y el genocidio subsecuente  y la inminente derrota en Ucrania,  los Estados Unidos vuelven la vista a su vecindario sudamericano en una suerte de reparto del mundo bajo una lógica mafiosa. El primer paso en Venezuela denota una acción desesperada para antagonizarse con el resto de su “patio trasero” hemisférico.

Nadie, ni siquiera una potencia mundial, puede esperar salir victorioso con tantos frentes abiertos en el mundo. Encima con una sociedad política estadounidense polarizada se lanza contra sus vecinos geográficos; antes Canadá para seguir con México, hoy amenazando con una intervención militar bajo la misma excusa engañosa usada para secuestrar a Maduro: el narcotráfico. Por tanto una nueva intervención ilegítima e ilegal. Si el ataque a Venezuela y el secuestro de su presidente hubiese sido perpetrado por cualquier otra nación, esto hubiese sido calificado por el propio Estados Unidos como un estado terrorista enemigo de la democracia.

Bajo un escenario así, podrá haber victorias momentáneas, pero a largo plazo sólo puede vaticinarse el fracaso. Sólo el derecho internacional y no la fuerza es capaz de sostener el frágil equilibrio entre las naciones del mundo. Los cambios son evidentes en este nuevo siglo en el cual las tácticas de uso de la manipulación y el miedo han perdido efectividad a diferencia de los siglos XIX y XX, donde una potencia imperial podía imponer sin resistencia internacional una doctrina expansionista que hoy ya no tiene cabida.

Nuevos centros de poder emergen y generan contrapesos necesarios para una convivencia internacional más equitativa y segura.  Un planeta donde el derecho internacional no sea un documento muerto que permita invasiones o anexiones sin consecuencias para la nación agresora. 

Frente a esa carrera enloquecida por el poder y la dominación, la sobrevivencia de la humanidad pende ahora de un mundo multipolar equilibrado donde todas las naciones, incluso las más débiles, se les garantice el derecho a la vida y a determinar su destino, es decir a su propia soberanía. La experiencia del mundo en los dos pasados siglos es que la hegemonía de una sola Nación es la causa de los terribles males para los pueblos, incluido el estadounidense, aunque con excepción de sus elites.

Este año 2026 será definitorio en el futuro de la humanidad, entre un orden civilizatorio que asegure la vida en el planeta o la barbarie de la fuerza bruta que sólo conducirá a la autodestrucción de la civilización humana.