Hay temas que incomodan, pero que es necesario poner sobre la mesa y hoy quiero hablarte de uno de ellos, desde la mirada de quien vive la escuela todos los días: el fenómeno de acreditar sin aprender. Como directora y docente, pero también como mujer profundamente comprometida con la educación, he visto cómo las reglas del juego han cambiado. Antes, aprobar un grado implicaba dominar ciertos aprendizajes básicos. Hoy, en muchos casos, acreditar parece más importante que aprender, y eso trae consecuencias que, aunque silenciosas, son profundas.
Durante décadas, cuando un niño no alcanzaba los aprendizajes esperados —especialmente en habilidades esenciales como leer y escribir— se le brindaba la oportunidad de repetir el grado. No era un castigo, era un refuerzo. Era común escuchar: “todavía no está listo para avanzar”. Ese “todavía” abría la posibilidad de corregir y construir.
Hoy el panorama es otro. El sistema educativo ofrece una enorme cantidad de mecanismos para avanzar: exámenes de recuperación, exámenes de grado, exámenes extraordinarios, trabajos adicionales, regularizaciones aceleradas y promoción automática en los primeros grados. En el papel suena amable; en la práctica, muchas veces es avanzar sin aprender.
Aquí vale detenernos y visualizar la trayectoria real de esos alumnos. Un niño que acredita primero o segundo de primaria sin leer con fluidez, ¿qué ocurre cuando pasa a tercero, cuarto o quinto? El problema sigue ahí, sólo que ahora más invisible. Los planes y programas de estudio asumen que ya domina lo anterior, porque la escuela no está diseñada para regresar al origen cada ciclo escolar. Y aunque los maestros realizan nivelaciones y retroalimentaciones, el tiempo no siempre alcanza para emparejar años de rezago.
Así llegan muchos alumnos a Secundaria… y a veces incluso a Preparatoria. Y no es exageración, es una realidad. En Secundaria trabajamos comprensión lectora, producción de textos, habilidades lógicas, análisis e interpretación, pero debajo encontramos un niño que alguna vez no aprendió a leer bien. Y ese origen nunca fue atendido de fondo. La consecuencia es seria: la vida escolar avanza aunque el aprendizaje no.
Luego vienen otros síntomas: desinterés, frustración, silencio en el aula, miedo a participar, baja autoestima académica, dificultad para seguir instrucciones, poca autonomía. Y aun con todo eso, pueden seguir aprobando… porque el sistema así lo permite.
Esto no se queda en la escuela. Hoy encontramos profesionistas que arrastran estas mismas deficiencias: personas que batallan para redactar un informe, escribir un correo claro, comprender instrucciones, llenar un formulario, leer un texto especializado o realizar operaciones matemáticas básicas. Y no hablo solo de un área específica: esto ocurre en administración, enfermería, contabilidad, educación, Derecho, ingeniería, y en muchas otras profesiones. Y vale subrayarlo: no se trata de señalar carreras en particular, porque esta dificultad está presente en todas las profesiones y en todos los campos laborales, cada una con sus propios retos. El aprendizaje básico es transversal; cualquier persona —independientemente de su carrera— necesita leer, comprender, comunicar y resolver para ejercer de manera competente.
Mientras tanto, las estadísticas dicen que “vamos bien”: buenos promedios, grupos aprobados, tasas bajas de reprobación, eficiencia terminal, escuelas con promedios altos. Pero entonces surgen las preguntas incómodas:
¿Son calificaciones reales o son parte de una simulación? ¿Los alumnos realmente están preparados? ¿Importa más el número que el aprendizaje? ¿Importa más evitar frustrar que enseñar? Y si seguimos así, ¿a dónde vamos a llegar? Quizás exactamente al punto en el que hoy estamos: niveles muy bajos en conocimientos básicos.
A esto se suma otro discurso vigente en educación: las competencias y lo socioemocional. Con la llegada de la Nueva Escuela Mexicana (NEM) se priorizan valores, empatía, comunidad, inclusión y bienestar emocional. La intención es valiosa: formar personas integrales, con sentido humanista, con proyecto de vida y armonía socioemocional.
Pero aquí vale poner atención: ¿Los alumnos son realmente competentes para la vida? Porque hablar de “competencias” implica vincular saber, saber hacer y saber ser. Y sin conocimientos básicos previos, la competencia se queda incompleta.
También surge otra pregunta que duele: ¿cuidar lo emocional significa descuidar lo académico? Por supuesto que no. Cuidar lo emocional es fundamental, pero no podemos sacrificar el aprendizaje real en nombre del bienestar, porque también es violento llegar a la vida adulta sin poder leer, sin poder comprender lo que se firma, sin poder escribir con claridad, o sin poder interpretar una operación básica. Eso también frustra. Eso también duele. Eso también afecta lo emocional.
El objetivo de estas reflexiones no es criticar por criticar. Es concientizar. Concientizar en qué estamos acreditando y qué estamos normalizando, muchas veces sin ver lo esencial: que exista un aprendizaje real. Que no maquillemos cifras, que no confundamos protección con abandono pedagógico, que no sacrifiquemos lo académico para “no afectar lo emocional”.
No se trata de volver al pasado, ni de repetir modelos rígidos, ni de ignorar el valor de lo socioemocional. La educación debe ser humana, flexible y profunda. Pero también valiente. Porque pasar de año no es un premio, es una responsabilidad compartida.
La educación no es un asunto de estadísticas ni de apariencias; es un asunto de personas. Si queremos estudiantes realmente preparados, debemos apostar por aprendizajes verdaderos. Oportunidades sí, acompañamiento siempre, empatía también, pero sin renunciar a lo académico. Porque la verdadera pregunta no es cuántos acreditan, sino cuántos realmente aprenden.
Y tú que me lees, seas maestro, madre, padre, directivo o estudiante, te invito a reflexionar durante la semana: ¿qué estamos acreditando y qué estamos realmente aprendiendo? En eso, todos tenemos tarea.
¿Qué opinan? ¡Me encantará leer sus comentarios y abrir diálogo en comunidad!
Gracias por leerme y por ser parte de esta reflexión semanal. Nos encontramos en la próxima entrega.
Dra. Diana Angélica Alejandro Alemán
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