Amiga mía: Recuerdo y reconozco el bello camino que dejaste, con ese amor a México que tenías. Ibas a la capital y ahí en el aeropuerto coincidíamos, tú a tu trabajo y yo al mío. Teníamos a veces largas horas que se hacían cortas para platicar, de política, teatro y periodismo.
Solucionamos todos los problemas de Nuevo Laredo, de México y del mundo. Soñábamos, pero brincábamos del sueño a la realidad. Eso es el inicio de cualquier proyecto de vida, para con amor dar forma a las ideas y llevarlas a los hechos.
Con la certeza que la palabra da vida, y con esa inspiración que teníamos ambas, que en ti brillaba en tus ojos, ese amor para desear lo mejor para México, era sin duda un anhelo.
Vibrando por los sentimientos que inspira el cariño y admiración que tenemos por nuestras mejores amigas, la recuerdo en su eterno quehacer en esta vida, cuando trajo a Nuevo Laredo las obras más finas de Pedro Friedeberg, de Tamayo, Cuevas, Lilia Carrillo y Felguérez.
De ascendencia judía, pero de corazón mexicano. Amaba a México, lo mismo que amaba a sus libros y el arte mexicano. En esa esquina en el centro de Nuevo Laredo, brillaba la tienda Marti, porque sabíamos que al entrar ahí estaba lo más bello y exclusivo del arte de nuestro país.
Esa esquina nos llenaba de orgullo a los neolaredenses. Era como entrar en un espacio casi cósmico, donde las esculturas nos abrazaban y respirábamos legado de estos grandes artistas que con sus manos bordaban estrellas y labraban horizontes en sus obras.
Todas las artes, se vendan o no, son un suspiro de amor que dejamos en la tierra para nuestros descendientes. Tratemos de imitar lo bello de esta gente que da vida, y que deja un paraíso terrenal cuando se va.
Algunas de las calles deberían de llevar el nombre de nuestra querida Marti, porque sigue aquí con sus amigos, ayer, hoy y siempre.
Tu amiga, Ninfa María Deándar Martínez