Recuerdo perfectamente cuando falleció el papa Pío XII. A falta de televisión y redes sociales en esa época, su imagen resultaba familiar por la frecuencia con que aparecía en los periódicos, al igual que Nikita Khrushchev o Dwight Eisenhower.
Aquel día, la directora de nuestro colegio nos reunió en el patio de juegos y junto con todas las maestras dio la noticia y pidió que rezáramos un padrenuestro en su memoria. Al romper filas, las niñas de Secundaria: las mayores, las que todo lo sabían, a las que siempre temíamos, comenzaron a rumorear que la muerte del papa era señal del fin del mundo.
Una vez por semana destinábamos una hora para las clases de costura: bordado, punto de cruz, frivolité, deshilados y otras manualidades. Salíamos del salón y nos sentábamos en las amplias escalinatas que conducían al jardín contiguo al zaguán. Ahí nos daba el fresco, la luz de la tarde, y en ese espacio libre y aireado, la voz de Maruchita, la profesora de Economía Doméstica, resultaba menos monótona.
Ella aprovechaba nuestro silencio para impartir lecciones de vida, y dijera lo que dijera, la escuchábamos mientras cosíamos. Aseguraba que la muerte de un Papa era un acontecimiento tan impactante como el fin del mundo, así que las muchachas de Secundaria no andaban tan mal.
Enseguida asumió Juan XXIII, el papa bondadoso, que también falleció sin que se acabara el mundo. Le sucedió Paulo VI, quien dispuso que las misas se dejaran de pronunciar en latín y condenó el uso de los anticonceptivos. Igualmente falleció y el mundo como si nada.
Luego llegó el breve reinado de Juan Pablo I, el revolucionario, y a su fallecimiento el mundo le lloró, pero siguió marchando. Juan Pablo II vino, vio y viajó; por avanzada edad y enfermedades continuas, falleció, y el mundo continuó girando. En fechas más o menos recientes, Benedicto XVI, el Papa intelectual, asumió el trono: observó, razonó, y en un gesto de audacia y gallardía, dimitió del cargo. El mundo aplaudió y siguió su rumbo.
Actualmente, Francisco, el más humano de los Papas, se encuentra bastante delicado de salud. Confiamos en que se recupere y siga el ejemplo de Benedicto XVI, para continuar una vida descansada, en retiro voluntario.
El comercio mundial, apoyado por las redes sociales y los medios masivos de comunicación, difundió la idea que el mundo se acabaría en diciembre de 2012, atribuyendo a la civilización maya supuestas profecías. La sabiduría del pueblo maya, que se sustenta en conocimientos astronómicos y matemáticos fue mal entendida, y pese a toda la resonancia propagada, tampoco se acabó el mundo.
En opinión particular, pienso que el mundo, como el sol, nace y muere todos los días. El mundo, efectivamente, se termina para los padres que pasan por el amargo trance de velar y sepultar a un hijo. El fin del mundo es para la persona que recién recibe la noticia de una enfermedad incurable. El mundo deja de existir para el obrero que fue despedido injustamente y carece de ingreso para el alimento del día siguiente.
Se acaba el mundo para quien sufre un accidente y no puede trabajar más, para quien perdió acciones en la Bolsa, para el que se le incendió su casa, para los familiares de los pasajeros de una tragedia aérea. También es el fin del mundo para la adolescente que terminó con su novio, la estudiante que reprobó el curso, la que quedó embarazada por descuido.
Todos los días, en todo instante, en algún lugar del universo, el mundo deja de girar en la vida de alguien. Pero también renace y se renueva, todos los días, en todo instante, en algún lugar del universo, en la simpleza de un acto cotidiano.
El mundo se refresca, se nutre y palpita cuando en una misma generación, en una ciudad fronteriza, se acumula el talento de muchachos creativos como Luis Edoardo Torres, Selene Ortiz, Seydé García, Alejandra Valero, Damián Aviña, Jhiovanni Raga, Iván Juárez, Roberto Carlos Lozano, Cesariván Gaytanos, que estudian, leen, trabajan, diseñan, actúan y construyen, sobre todo, construyen.
Jóvenes como ellos burbujean el aliento con que despierta el mundo, ese mundo que no termina de fenecer pase lo que pase, porque siempre, después de un cataclismo, la aurora resplandece y da a luz un nuevo día.