Hola querida familia, amigos y lectores.
Hoy quiero platicar con ustedes con el corazón abierto, como cuando uno se sienta en la sala de casa, sin prisas, mientras la tarde avanza y se escuchan risas o pasos en el pasillo. Quiero hablarles de un tema que en apariencia es simple, pero que en realidad transforma la vida familiar y el crecimiento emocional de nuestros hijos: la comunicación durante las vacaciones.
Porque sí, los alumnos descansan de tareas, de horarios, de evaluaciones… pero la educación no descansa. La educación se sigue tejiendo en casa, en las conversaciones espontáneas, en las pláticas nocturnas, en las risas que surgen sin aviso, en esas preguntas que nacen cuando el corazón se siente en confianza.
Las vacaciones llegan y algo en el ambiente cambia. Ya no hay campana escolar, no hay uniforme, no hay prisa. Y ese respiro nos da la oportunidad de mirar distinto, de convivir de otra manera, de hablar con nuestros hijos desde la cercanía, no desde la agenda. Es la temporada perfecta para escucharlos con calma, para conocerlos un poco más y para decirles sin palabras “me importas”.
Yo me he dado cuenta, a lo largo de mi experiencia con adolescentes, que muchos de ellos solo esperan un momento para abrirse. A veces quieren hablar, pero no saben cómo empezar. O sienten que los adultos no tendrán tiempo para escuchar sin juzgar. Y qué valioso es cuando un padre pregunta: “¿cómo te sentiste hoy?”, en lugar de “¿te portaste bien?”. Cambia todo.
Porque comunicarse no es únicamente hablar, también es mirar con atención, hacer silencio para escuchar, permitir que expresen emociones sin minimizar. La comunicación es un puente que, cuando se cruza con amor, fortalece la relación y también educa.
Durante las vacaciones podemos encontrar momentos naturales para conversar:
• al preparar la comida en familia
• cuando se recoge la casa entre todos
• al jugar algún juego de mesa
• en una tarde de películas
• en una caminata sin prisa
• mientras se recuerda una anécdota que provoca risa
No se necesita lujo ni plan perfecto. Se necesita intención.
Presencia real.
Escucha sincera.
También es importante recordarnos que la adolescencia es una etapa sensible. Ellos sienten más de lo que dicen y callan más de lo que creemos. A veces el silencio es un “no sé cómo decírtelo”. A veces la distancia es una petición de atención disfrazada.
Por eso, estas vacaciones pueden ser una oportunidad hermosa para abrir espacios de diálogo que, a lo mejor, durante el ciclo escolar quedaron pendientes. Preguntar por sus sueños, por sus miedos, por lo que les preocupa, por lo que les gustaría mejorar. Y también contarles lo que sentimos nosotros, porque nuestros hijos también merecen ver que los adultos somos humanos, que sentimos, que aprendemos y que también nos equivocamos.
El diálogo en vacaciones puede ser más dulce que cualquier regalo. Puede ser el recuerdo que se queda grabado para siempre. Porque un niño —y más aún un adolescente— nunca olvidan cuando alguien los escuchó con el corazón.
He visto en muchos jóvenes cómo un simple “estoy orgulloso de ti” cambia su postura, su mirada, su ánimo. Cómo un “cuéntame” abre puertas que parecían cerradas. Cómo un abrazo sincero es capaz de sanar un día difícil.
Por eso hoy quiero invitarte, querido lector, a que estas vacaciones sean más que descanso. Que sean reencuentro. Que la casa se convierta en un espacio donde las palabras circulan sin miedo, donde las risas sean frecuentes y donde el amor se escuche, no solo se dé por hecho.
Quizá no recordarán todos los regalos recibidos en su infancia, pero sí recordarán quién se sentó a platicar con ellos cuando más lo necesitaron.
La comunicación es el mejor regalo que podemos ofrecer.
Queridos lectores, los invito a reflexionar:
¿Estamos realmente escuchando lo que nuestros hijos no dicen con palabras?
¿Les damos tiempo, atención y cariño en conversaciones sencillas?
¿Estamos presentes de corazón, no solo de cuerpo?
Estas vacaciones pueden ser el inicio de conversaciones que fortalezcan la relación durante todo el año. No esperemos a que algo pase para hablar. Hablemos para evitar que pase. Hablemos para amar mejor.
Queridos lectores, los invito a reflexionar sobre este tema.
¿Qué opinan? ¡Me encantaría escuchar sus opiniones!
Con cariño a mis lectores,
La Dire. Diana Alejandro
