Al reconocer que la violencia contra la mujer ha sido consecuencia de relaciones de poder desiguales con el hombre, mediante su resolución 48/104 del 20 de diciembre de 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la “Declaración sobre la Eliminación de la Violencia contra la Mujer” en un esfuerzo por detener los abusos, la violencia y la discriminación contra la mujer.
El artículo 1 de esa declaración, establece que se entiende por violencia contra la mujer: “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada”.
Pero como ni las declaraciones universales, ni las leyes nacionales han podido detener la continuidad de los abusos contra las mujeres, el 17 de diciembre de 1999 mediante su resolución 54/134, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió declarar el 25 de noviembre “Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer”, invitando a todos sus países miembros, organizaciones internacionales y organizaciones no gubernamentales, a realizar actividades que contribuyan a sensibilizar a la opinión pública de la importancia de erradicar la violencia contra la mujer. Desde entonces, cada año el mundo conmemora el 25 de noviembre como jornada contra la violencia de género, pero tristemente esa violencia sigue presente como un cáncer en nuestras sociedades.
Para entender la continuidad de esa calamidad, tenemos que reflexionar sobre sus orígenes, para tomar acciones que lleven a debilitar las vías que permiten su permanencia a pesar de todos los esfuerzos nacionales e internacionales para erradicarla.
Venimos de una sociedad patriarcal en la cual por milenios la mujer fue considerada una pieza de ornamento, relegada de cualquier toma de decisiones. Esa sociedad patriarcal que permite al hombre el dominio y discriminación de la mujer, es el origen de la violencia que persiste en todos los países y en todas las clases sociales contra la mujer. La sociedad patriarcal de nuestros orígenes en la cual se requería de los más fuertes para la supervivencia fue la que a lo largo de la historia construyó las reglas de dominación que relegaron a la mujer a la oscuridad. Esa sociedad patriarcal fue también la que construyó las reglas del lenguaje que invisibilizaron a la mujer y que en la actualidad la mantienen en las sombras, a pesar de las numerosas legislaciones nacionales y acuerdos internacionales alcanzados para combatir este abuso histórico.
Los datos duros son el mejor diagnóstico de la dimensión actual de la violencia de género. Naciones Unidas estima que 736 millones de mujeres en el mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual al menos una vez en su vida. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que, en algún momento de su vida, una de cada tres mujeres en el Continente Americano han sufrido violencia física y/o sexual de pareja o violencia sexual por terceros. Esta proporción de 3 a 1 es la misma a nivel mundial. Los resabios de conductas patriarcales, son los responsables de feminicidios, pues como bien lo ilustra la OMS, un 38% de los asesinatos de mujeres que se producen en el mundo son cometidos por su pareja masculina.
En 1994 el Congreso de Estados Unidos promulgó la Ley de Violencia contra la Mujer (VAWA). Está ley se ha convertido en un valioso instrumento de las mujeres migrantes que sufren violencia doméstica, pero no ha detenido el problema. En México hay un importante avance en equidad de género que se refleja en criterios paritarios en el Congreso de la Unión, en puestos de gobierno e incluso en el ingreso al Servicio Exterior Mexicano.
En varios países hay avances en la elaboración de leyes que protegen a la mujer, en especial en el ámbito de la violencia doméstica, pero paradójicamente, esa es una de las violencias más graves contra la mujer. La violencia empieza con las bromas, el chantaje, los celos, las descalificaciones y luego pasa al acoso, las caricias agresivas, jaloneos, el encierro, las amenazas, el abuso físico y/o sexual, la mutilación y el homicidio. Todas esas etapas constituyen violencia contra las mujeres, pero tristemente muchas veces solo se castigan las últimas consecuencias que llevan a la vejación física y a la muerte.
En México, la Red Nacional de Refugio reportó en julio que, en el primer semestre de 2024, los casos de violencia contra las mujeres fueron mayores que en el primer semestre de 2023. Lamentablemente, los testimonios de las mujeres casi siempre se ponen en duda. La autoridad le exige a la mujer pruebas que la re-victimizan y que muchas veces no son suficientes para castigar a sus agresores, quienes al no sufrir consecuencias legales quedan en la impunidad, estimulándose de esta forma el círculo vicioso de violencia de género.
Para fomentar la prevención y el combate de la violencia contra la mujer, el Instituto de las Mexicanas y Mexicanos en el Exterior (IMME) que por cierto visibiliza ya a la mujer en su nombre, en coordinación con las embajadas y consulados de México en el mundo, lleva a cabo del 25 al 29 de noviembre la Semana de Atención e Información a la Mujer en el Exterior, con actividades que incluyen conferencias, talleres, obras de teatro, conversatorios, webinares, ferias de servicios, dinámicas grupales, actividades deportivas y difusión oral, escrita y audiovisual de información sobre este tema que tiene como finalidad proveer a la mujer de instrumentos para defender sus derechos y su dignidad humana.
En la lucha contra la violencia de género, comencemos por promover el lenguaje incluyente porque es un instrumento de la mayor importancia para visibilizar a la mujer.
*Cónsul General de México en Laredo, Texas.