El consumo de barro “comestible” promovido en redes sociales, que se presenta en figuras pequeñas o como supuestos productos comestibles, se ha convertido en una tendencia preocupante para especialistas en salud.
Aunque quienes lo comercializan aseguran que es apto para el consumo humano, esta práctica representa un grave riesgo, ya que el barro contiene metales pesados que pueden provocar desde intoxicación por plomo hasta fallas renales e incluso aumentar el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas y cáncer.
La nutrióloga Anel Mejía, especialista en nutrición clínica y geriatría, explicó que esta práctica se conoce como geofagia, dijo que este podría ser un trastorno caracterizado por el deseo de ingerir sustancias no alimentarias como tierra, papel u otros materiales, en otro casos puede tratarse de la deficiencia de hierro; “aquí lo importante es que la persona acuda al médico para que sea valorada y le practiquen estudios”.
Señaló que los riñones no pueden procesar por si solos la eliminación de los metales pesados presentes en el barro, por lo que las personas que lo consumen deben acudir al médico para realizarse estudios de laboratorio y conocer si presentan plomo en la sangre u otras alteraciones en su estado de salud.
La especialista indicó que el deseo de comer barro puede presentarse en personas con deficiencias nutricionales, principalmente de hierro y zinc. “Hasta ahora me ha tocado solo dos pacientes, un de ellas con el antojo de comer tierra mojada, pero en su caso fue por la deficiencia de hierro”.
También puede asociarse al embarazo, ansiedad, estrés, trastornos obsesivo-compulsivos o trastornos de la conducta alimentaria. Añadió que actualmente existen numerosos testimonios de personas que consumen barro e incluso se graban haciéndolo, sin ser conscientes del daño que esta práctica puede provocar.
Explicó que el barro contiene metales pesados como plomo, arsénico, mercurio, cadmio y aluminio, los cuales no son necesarios para el organismo.
Al ser ingeridos, estos metales pasan a la sangre y llegan a los riñones, órganos que funcionan como filtros encargados de eliminar toxinas.
Con el tiempo, los metales se van acumulando en los túbulos renales, estructuras delicadas responsables de reabsorber agua y minerales útiles para el cuerpo.
Mejía explicó que al inicio el daño no genera dolor ni síntomas evidentes, e incluso los estudios de laboratorio pueden mostrar valores normales. Sin embargo, con el consumo continuo, los filtros renales se inflaman, se deterioran y comienzan a fallar, lo que puede derivar en insuficiencia renal aguda y evolucionar hacia una enfermedad renal crónica.
“El daño puede avanzar más rápido si la persona consume poca agua, ya que el riñón trabaja de manera más concentrada y las toxinas permanecen más tiempo en el organismo”, señaló.
Además del daño renal, el consumo de barro puede provocar toxicidad hepática por arsénico, alteraciones neurológicas y temblores por mercurio, desmineralización ósea por cadmio, así como obstrucción intestinal y estreñimiento severo.
También interfiere con la absorción de nutrientes esenciales como hierro, zinc y calcio, lo que agrava las deficiencias nutricionales existentes.
La especialista recomendó que las personas que presenten el deseo de consumir barro acudan a una valoración médica y nutricional para detectar anemia, deficiencias de micronutrientes o la presencia de plomo en sangre, además de realizar estudios coproparasitoscópicos.
Subrayó la importancia de un abordaje psicológico cuando exista ansiedad, trastornos de la conducta alimentaria u obsesivo-compulsivos, y advirtió que el consumo de barro puede generar consecuencias graves e irreversibles.
