Es muy común que, al preparar comida en casa, terminemos con muchos sobrantes y busquemos soluciones para no desperdiciar nada. El congelador se convierte en nuestro aliado para conservar los alimentos, pero no todos los productos son aptos para este método.
Por ejemplo, los huevos enteros con cáscara no deben congelarse, ya que el agua en su interior se expande y puede romper la cáscara, lo que aumenta el riesgo de contaminación. Además, la textura de la clara y la yema cambia, volviéndose gelatinosa. Si necesitas congelarlos, lo mejor es batirlos y guardarlos en recipientes herméticos.
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Las frutas y verduras con mucha agua, como pepinos, tomates, lechugas o sandías, no responden bien al congelador. Al descongelarse, pierden su textura crujiente y se vuelven blandas, aunque aún pueden usarse en sopas o batidos.
Los lácteos grasos, como nata o yogur, se separan al congelarse, cambiando su textura y sabor. Los quesos frescos también pueden perder su elasticidad al ser descongelados.
Los alimentos fritos, como las croquetas o las patatas fritas, pierden su crujiente al congelarse. Es mejor congelarlos antes de freírlos y cocinarlos directamente de congelados.
Las salsas con harina o almidón, como la bechamel, no se congelan bien. Se separan y se vuelven grumosas, por lo que es mejor hacerlas en pequeñas cantidades.
En cuanto al tiempo de conservación, la Organización de Consumidores y Usuarios establece que los embutidos y fiambres pueden mantenerse de uno a dos meses en el congelador, salsas hasta tres meses, y carne picada o pescado azul hasta cuatro meses.
Carnes más gruesas, como chuletas de cerdo o filetes de ternera, pueden mantenerse entre cuatro y seis meses. Los productos como mantequilla pueden conservarse hasta ocho meses, y pollo o pavo hasta un año.
Es importante no dejar los alimentos congelados por más tiempo del recomendado, ya que aunque no se echen a perder, pueden perder sabor y calidad.